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El 22 de diciembre de 1983 Independiente se consagraba campeón del Metropolitano derrotando y enviando a la B a racing. El Rojo, además, empezaba una era histórica que lo llevaría a conquistar la Libertadores e Intercontinental al año siguiente. Eduardo Bolaños relata esta página gloriosa.



Todos. Absolutamente todos los que somos hinchas de un equipo de fútbol, alguna vez soñamos con que en la misma jornada que logramos paladear el gusto delicioso de ser campeones, nuestro clásico rival padezca el oprobio del descenso. Independiente, en su habitual pacto con el diablo, logró su cometido y aquella tarde del jueves 22 de diciembre de 1983, se dio el gusto de dar la vuelta olímpica en su estadio al vencer por 2 a 0 a racing, que cuatro días antes había quedado condenado a jugar en Primera B.

Encaró aquel Metropolitano con la obsesión de ganarlo, tras haber sido subcampeón de Estudiantes por dos torneos consecutivos, desplegando un muy buen juego, bajo la conducción técnica de Nito Veiga. Él fue el entrenador en el inicio del certamen, pero solo dirigió la primera fecha, en el empate en un tanto con Rosario Central. Allí dejó el cargo y en la jornada siguiente (donde se repitió el score frente a Platense) estuvo a cargo en forma interina la subcomisión de fútbol, para darle cabida a un viejo anhelo de los hinchas: el regreso de José Omar Pastoriza, quien debutó igualando en forma agónica 2-2 ante Boca en Avellaneda.

El Pato lentamente fue haciendo ajustes en el equipo (no exentos de polémicas) dando paso a varios juveniles (Sánchez, Merlini, Percudani, entre otros), en desmedro de futbolistas de mayor experiencia, como Olguín, Killer o Morete. El cuadro se fue haciendo protagonista de la competencia y rápidamente se encaramó entre los animadores, perdiendo el invito recién en la fecha 11 ante Newell´s en Rosario.

Al concluir la primera rueda (era un torneo de 19 equipos, todos contra todos), Ferro era el líder con 25, seguido de Vélez e Independiente con 23 y San Lorenzo con 22. Los cuatro serían los animadores de toda la segunda ronda, con pocas variaciones en la cima. A ese sitio arribaron los Rojos en la jornada 23, al vencer 1 a 0 al cuadro de Caballito con gol de Marangoni.

Desde octubre el calendario se comprimió y se jugó casi siempre miércoles y domingo. Sobre fines de noviembre, Ferro había sacado tres puntos de ventaja y parecía el más firme candidato al título, pero luego comenzó a defeccionar (tenía un plantel corto, de escaso recambio) y esa oportunidad no la desaprovecharon Pastoriza y sus muchachos, que tras vencer al duro Nueva Chicago 3-2 en Avellaneda el 4 de diciembre, se quedaron con el liderazgo, para no soltarlo más.

La fecha final fue un jueves. El domingo anterior, racing había descendido. Independiente preparó la fiesta, ya que todos descontaban la victoria para coronarse ante el rival de siempre. Y ésta llegó con los goles Ricardo Giusti y Enzo Trossero. El pato armó un equipo de gran vocación ofensiva y que tenía un sólido respaldo atrás, con la seguridad de Goyén en el arco, dos laterales inagotables como Clausen y Enrique, una dupla de centrales que remitía a aquellas parejas-desparejas del cine, por lo antagónico de sus miembros. Villaverde era elástico, rápido, con cierta apariencia de fragilidad, y escaso apego a pisar el área rival, al punto que jamás marcó un gol, mientras que Trossero configuraba lo opuesto con su robustez, tenacidad y permanente llegada a la valla adversaria.

Adelante daban el presente los chicos, que estuvieron a la altura de los grandes: Enrique Sánchez corriendo y gambeteando por amabas bandas y José mandinga Percudani, con estirpe de centrodelantero, a quien el destino le tenía deparada su hora más gloriosa un año más tarde en Tokio. Me guardé para el final al mediocampo. Ese que salía de memoria en 1983 y brota de la misma forma 35 años más tarde. Giusti – Marangoni –Burruchaga - Bochini. Cuatro que son y fueron uno. El gringo corría por todos, brindando equilibro y sacrificio. Maranga daba el toque de distinción, parecía haber nacido para ponerse esa camiseta. Un cinco de dos áreas. Burru era el complemento ideal de todos, dueño de una inmensa calidad y certero como pocos a la hora de definir. Y falta uno, del que podemos estar escribiendo miles de horas o decir simplemente EL Bocha. Aquel torneo de 1983 marcó una segunda juventud para la leyenda que vino de Zárate. Jugó e hizo jugar. Deleitó a todos. Y fue el más ovacionado en el inolvidable atardecer del 22 de diciembre de 1983. Un atardecer más rojo que nunca.

Eduardo Bolaños
Twitter: @Edu_sport
Especial para La Caldera del Diablo


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