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En medio de la pandemia los sueños se intensifican y nos sirven también para explorar aquello que añoramos, a casi dos meses del último partido del Rojo.


Los sueños exponen deseos y también sirven para canalizar aquello que durante el día parecemos suprimir, olvidar o caer en medio de la rutina y suprimir. Pero a casi dos meses del último partido de Independiente, al que no fue nadie más que los protagonistas, el sueño de anoche con el Rojo se intensificó.

Vaya a saber por qué, jugábamos contra Arsenal en Sarandí, con camiseta blanca. Estaban las dos hinchadas, y allí nos encontrábamos, entre banderas y camisetas Rojas que copaban el Viaducto. Era de noche, y asomaban los humos de las parrillas cercanas mientras se comentaba el buen arranque del equipo, en un torneo que parecía llevar dos o tres fechas, y la cosa prometía.

Comenzaba el partido, una jugada emocionante, y un par de minutos después llegaba el gol, para gritarlo con todo. En el sueño, nos abrazamos fuerte con Sergio, que vive lejos pero está cerca porque con él comencé esta locura de La Caldera del Diablo que va a cumplir 24 años. Está Christian, viejo compañero de la vida y la cancha, y Pablo, que creo que nunca pisó una cancha de fútbol salvo para un recital, pero ahí estaba.

Para poder abrazarnos como hace falta hacerlo en estos tiempos se mezclaban mi padre y mi hermano, seguramente también andarían mis sobrinos por ahí, aunque chicos, gritando el gol del Rojo aunque nadie supiera el autor, y corría la clásica pregunta en la tribuna: "¿Quién lo hizo?". Nadie sabía. Habían sido varios toques, pero el final era impreciso, algo sucio. Ninguno reconocía a los que habían hilvanado la jugada. "Muchos jugadores nuevos" se decía en los escalones de la cancha. Los sueños tienen esas imprecisiones que los hacen misteriosos.

"Glooooooool. Espectacular arranque de #Independiente", tuiteábamos, con error en el tipeo y todo en medio de la emoción, entre otros compañeros de cancha de esos que les conocés la cara porque los ves siempre, pero no sabés ni cómo se llaman. Y de pronto el timbre que nos despierta con la entrega de una compra on line hecha hace casi diez días que nos devuelve a la realidad del confinamiento y de esta pesadilla que pronto terminará para volver a gritar muchos más goles y abrazarnos entre todos.

Emiliano Penelas

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