En un nuevo aniversario de la hazaña cordobesa, Eduardo Verona recuerda los entre telones del campeonato Nacional 77 logrado por Independiente un 25 de enero de 1978. Además, testimonios de protagonistas y los videos en colores por Claudio Abuin.
Le cerraba todo a Talleres de Córdoba. Y le cerraba todo a la dictadura cívico-eclesiástica-militar que ejercía la Junta liderada por el genocida Jorge Rafael Videla, avalada por el Plan Cóndor ideado por Estados Unidos en sintonía directa con el terrorismo de Estado creando la figura del desaparecido. Independiente era el invitado de piedra a una fiesta ajena. El que tenía que perder el partido decisivo del torneo Nacional de 1977 que se definió el miércoles 25 de enero de 1978.
Le cerraba todo a Talleres de Córdoba. Y le cerraba todo a la dictadura cívico-eclesiástica-militar que ejercía la Junta liderada por el genocida Jorge Rafael Videla, avalada por el Plan Cóndor ideado por Estados Unidos en sintonía directa con el terrorismo de Estado creando la figura del desaparecido. Independiente era el invitado de piedra a una fiesta ajena. El que tenía que perder el partido decisivo del torneo Nacional de 1977 que se definió el miércoles 25 de enero de 1978.
La hoja de ruta preliminar sentenciaba, sin dudas, que Talleres debía ser el campeón aquella tórrida noche de enero, en una provincia que estaba bajo el puño y el comando del general Luciano Benjamín Menéndez (quien vio al partido desde el palco de honor y visitó previamente el vestuario del árbitro), condenado años después, en democracia, a cadena perpetua por crímenes de lesa humanidad.
En la previa, la consagración casi anunciada de Talleres iba a expresar para los viejos y nuevos exégetas de la dictadura el triunfo del fútbol del interior como el paradigma de una celebración muy esperada que alimentara el músculo político de una organización criminal. El presidente del equipo cordobés, el empresario Amadeo Nuccetelli, recibiría en el caso que ese acontecimiento se produjera un formidable golpe de efecto para ser elegido el 6 de abril de 1979 como titular de AFA. No ocurrió. Fue Julio Humberto Grondona, presidente de Independiente por aquellos días cuando tenía 42 años, el que finalmente asumió en AFA, sugerido por el vicealmirante Carlos Alberto Lacoste, de fuerte vinculación con el número uno de FIFA, el brasileño Joao Havelange, otro defensor del golpe de Estado en Brasil de1964 al presidente constitucional Joao Goulart.
Lo que faltaba para cumplir con los deseos de la cúpula militar, subordinada por completo al poder económico y financiero nacional e internacional, era la victoria de Talleres en el estadio ubicado en el Barrio Jardín, luego del primer encuentro que finalizó 1-1 (el gol de visitante se computaría doble en caso de igualdad) en Avellaneda el sábado 21 de enero.
El árbitro Roberto Osvaldo Barreiro (quien se retiró luego de dirigir tres partidos más) fue designado para dirigir el encuentro que lo reveló en una versión bochornosa, favoreciendo en todos los fallos cruciales a Talleres, hasta constituirlo en un protagonista central y decisivo de aquella jornada inolvidable. Tan inolvidable que sigue muy presente en el imaginario colectivo, incluso de hinchas que no tienen la camiseta Roja pegada en la piel.
A 48 años de esa noche épica (seguramente la conquista más épica de un equipo del fútbol argentino considerando el contexto histórico y las circunstancias) cuando Independiente salió campeón resistiendo la lógica implacable de ese tiempo, los avatares del partido pueden quedar sujetos a la desmemoria.
Repasemos: el Beto Outes a los 29 minutos del primer tiempo anota el primer gol de Independiente con un gran cabezazo después de una habilitación de Trossero, también de cabeza. En la segunda etapa, Barreiro sanciona un penal muy polémico para Talleres por una mano de Pagnanini involuntaria que Cherini transforma en el 1-1. Lo sugestivo del gol de Cherini es que no lo gritó ni lo festejó con sus compañeros. Pocos minutos más tarde, a los 25, Bocanelli va a buscar un centro al palo más lejano de Rigante y mete un puñetazo para clavar el segundo, que desata el desastre. De inmediato, a raíz de los reclamos, se producen tres expulsiones por protestar: Enzo Trossero, Rubén Galván y Omar Larrosa. Los dos primeros recibieron 20 partidos de suspensión y Larrosa 15.
El árbitro Roberto Osvaldo Barreiro (quien se retiró luego de dirigir tres partidos más) fue designado para dirigir el encuentro que lo reveló en una versión bochornosa, favoreciendo en todos los fallos cruciales a Talleres, hasta constituirlo en un protagonista central y decisivo de aquella jornada inolvidable. Tan inolvidable que sigue muy presente en el imaginario colectivo, incluso de hinchas que no tienen la camiseta Roja pegada en la piel.
A 48 años de esa noche épica (seguramente la conquista más épica de un equipo del fútbol argentino considerando el contexto histórico y las circunstancias) cuando Independiente salió campeón resistiendo la lógica implacable de ese tiempo, los avatares del partido pueden quedar sujetos a la desmemoria.
Repasemos: el Beto Outes a los 29 minutos del primer tiempo anota el primer gol de Independiente con un gran cabezazo después de una habilitación de Trossero, también de cabeza. En la segunda etapa, Barreiro sanciona un penal muy polémico para Talleres por una mano de Pagnanini involuntaria que Cherini transforma en el 1-1. Lo sugestivo del gol de Cherini es que no lo gritó ni lo festejó con sus compañeros. Pocos minutos más tarde, a los 25, Bocanelli va a buscar un centro al palo más lejano de Rigante y mete un puñetazo para clavar el segundo, que desata el desastre. De inmediato, a raíz de los reclamos, se producen tres expulsiones por protestar: Enzo Trossero, Rubén Galván y Omar Larrosa. Los dos primeros recibieron 20 partidos de suspensión y Larrosa 15.
El sospechadísimo juez Barreiro había incendiado el partido. Y se había incendiado él a perpetuidad. Casi la totalidad de los jugadores de Independiente que quedaban en el campo luego de un impasse muy prolongado (Rigante, Pagnanini, Villaverde, Osvaldo Pérez, Britez, Outes, Bochini, Magallanes), querían irse de la cancha. Fue el Pato Pastoriza, entrenador del Rojo, junto con el Beto Outes y Julio Grondona (alambrado de por medio), quienes desalentaron esa postura atada a la bronca y la resignación. Y todavía suelen invocarse algunas palabras del Pato que ya forman parte de los mitos y leyendas del fútbol de todos los tiempos: “Nos quedamos a jugar, vuelvan a la cancha, nosotros somos hombres, morimos peleando, jueguen y ganen”.
No ganó Independiente en la chapa burocrática del resultado final. Pero hizo lo que parecía realmente imposible. Con tres jugadores menos que Talleres (ya entregado a una fiesta inminente y coqueteando en varias oportunidades con el tercer gol) y con los ingresos de Bertoni y Biondi por Magallanes y Brítez, armó una pared monumental que Bochini, con la cara interna de su pie zurdo concluyó con la pelota descansando en la red del Mono Guibaudo, dándole forma y contenido a la obra colectiva que más sigue reivindicando la comunidad Roja por encima de las dos Copas Intercontinental ante Juventus en el 73 y frente al Liverpool en el 84 y las siete Copas Libertadores.
Faltaban 7 minutos para el cierre de una noche de brujas. O de dioses del fútbol aun para los que no creen en dioses. Talleres se había congelado en la cancha observando la dimensión de la catástrofe que se avecinaba. Independiente, con el 2-2, se abrazaba a un campeonato que lo conserva en un verdadero altar. Bochini, en el día de su cumpleaños número 24, había sido el artesano de una conquista imborrable. Pastoriza hacía su bautismo triunfal como un técnico despojado de versos, tacticismos berretas y chicanas vulgares. Y Julio Grondona (quien había vociferado que “ni en pedo se vayan de la cancha”) le ganaba la pulseada a Amadeo Nuccetelli como candidato a asumir como presidente de AFA al año siguiente.
La caída inesperada y trágica de Talleres aquella noche del miércoles 25 de enero de 1978 impidió que todo le cerrara 10 puntos a la dictadura cívico-eclesiástica-militar. Pasó todo lo contrario. En ese territorio, perdió. La hazaña o el milagro de Independiente la había derrotado escribiendo otro desenlace sin equivalencias. Para que casi cinco décadas después vuelva a evocarse como una película tan irrepetible como extraordinaria. Y para seguir transitando el camino de la historia que nunca se detiene.
No ganó Independiente en la chapa burocrática del resultado final. Pero hizo lo que parecía realmente imposible. Con tres jugadores menos que Talleres (ya entregado a una fiesta inminente y coqueteando en varias oportunidades con el tercer gol) y con los ingresos de Bertoni y Biondi por Magallanes y Brítez, armó una pared monumental que Bochini, con la cara interna de su pie zurdo concluyó con la pelota descansando en la red del Mono Guibaudo, dándole forma y contenido a la obra colectiva que más sigue reivindicando la comunidad Roja por encima de las dos Copas Intercontinental ante Juventus en el 73 y frente al Liverpool en el 84 y las siete Copas Libertadores.
Faltaban 7 minutos para el cierre de una noche de brujas. O de dioses del fútbol aun para los que no creen en dioses. Talleres se había congelado en la cancha observando la dimensión de la catástrofe que se avecinaba. Independiente, con el 2-2, se abrazaba a un campeonato que lo conserva en un verdadero altar. Bochini, en el día de su cumpleaños número 24, había sido el artesano de una conquista imborrable. Pastoriza hacía su bautismo triunfal como un técnico despojado de versos, tacticismos berretas y chicanas vulgares. Y Julio Grondona (quien había vociferado que “ni en pedo se vayan de la cancha”) le ganaba la pulseada a Amadeo Nuccetelli como candidato a asumir como presidente de AFA al año siguiente.
La caída inesperada y trágica de Talleres aquella noche del miércoles 25 de enero de 1978 impidió que todo le cerrara 10 puntos a la dictadura cívico-eclesiástica-militar. Pasó todo lo contrario. En ese territorio, perdió. La hazaña o el milagro de Independiente la había derrotado escribiendo otro desenlace sin equivalencias. Para que casi cinco décadas después vuelva a evocarse como una película tan irrepetible como extraordinaria. Y para seguir transitando el camino de la historia que nunca se detiene.
Por Eduardo Verona.
Periodista. Miembro de Conducción de UTPBA.
Periodista. Miembro de Conducción de UTPBA.

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