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Sólo sé que una vez fui Poncho Negro.
Y otra Sandokán,
enamorado para siempre de Mariana.
Así era yo. Valiente, inesperado.
No había lugar sobre la tierra.
Fui Bufalo Bill, corsario de galeones, escampavía.
(Estoy viendo la bondad ensimismada
en el volar voluntario de la tarde.
Recogiendo las hojas de los árboles,
llamándome).
Ahora estaba el mar con sus piratas.
Ahora era el sheriff desenfundando el Colt.
En ese tiempo inmóvil no existía el registro civil
ni las hembras dementes
o la sombría sangre de los desaparecidos.
A la hora de la siesta
las palabras latían desde lejos.
Eran campesinos de la guerra de España,
descamisados fecundando su odio,
el fascismo metido en cada sindicato.
Pero a mí me invadían el ocio y la ternura.
Era secuaz del viento en el tranvía,
la imagen deslizante de los cabellos sueltos,
la ciudad protegida por cocheros.

El domingo en forma de Visera;
el fervor era el puño de mi primo
en la tribuna. Y el gol de Ernesto Grillo.
Sentir por la radio que el zurdo Prada
lo tiraba a Gatica. Soñar con esa niña
de ojos claros que vivía en el barrio.
Y conquistar la murga de Portela,
peregrina y errante,
que insolente insultaba a esa vejez tan gris.
La vida era esa bolita azul, una puntera.
La casa de mi tía, la pelea en la plaza,
un zaguán carbonero y carbonario.
Manolete muriendo con su traje de luces.
John Wayne inventando otra historia de cowboy
en el Select Lavalle
desde una diligencia inmemorial.

Mi padre auguraba un futuro sombrío.
Y mi madre bordaba sus congojas
por un hijo perdido en imaginerías.
Mis hermanas invocaban a un dios mitológico
para que yo dejara de creerme Tarzán.
Me olvidaba la pluma cucharita.
No entendía el triángulo isósceles.
Ni las monocotiledóneas
ni a French o a Lavalle.
No memorizaba el caballo blanco del manual.
Sólo los senos prodigiosos de la señorita Gloria.

Bellas eran las imágenes en los libros de Verne.
Los primeros secretos,
la eternidad gozosa ante tanta estupidez.
Era puro el contacto de la lluvia,
los potajes, la fiebre, el azufre.
Las manzanas perfumaban las sábanas del cuarto,
navegábamos en los paisajes de la luna
salvándonos de toda iniquidad, de todo templo.
Eran las moradas rebeldes,
los sagrados rincones
que la mirada perdida recorría
en los dudosos límites de cada profecía.
Así era la luz,
el reino de mis dioses tutelares.

Ahora me observo en esta fotografía.
Admiro mi alborada, mi ajedrez, mi sonrisa.
Esa linterna mágica que convoca los nombres.
Te restituyo las horas del milagro, capitán.
La billarda, la honda, mi caballo ensillado.
Los hijos en la noche deambulan por la casa.
Se hospedan en palacios,
se cuentan una historia de férvidos vestigios.
Y mis ojos se nublan.
La ausencia nos redime en un recuerdo abierto.
Ahora, que tengo cuarenta y seis años
y me arrojo al mar para salvar a un hombre que se ahoga.

Carlos Penelas, 1993
http://www.carlospenelas.com/

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Anónimo dijo... 26 de julio de 2009, 05:34

Cumplo 46 en octubre. Por un momento se me ocurrio que el hombre que uno se tira a salvar es uno mismo...
Me emocione, me puso "los huevos de moño", je. Escribis muy bien.
Te confieso que este es el unico sitio/blog que visito y lo elegi por lo bien escrito. ¡Debi haberlo sospechado !
Gran abrazo.
Walter Weimer

La Caldera del Diablo dijo... 26 de julio de 2009, 21:47

Walter: muchas gracias por los elogios. Te cuento que el poema no fui yo quien lo escribió sino mi padre, y calculo que la interpretación que le das debe ser acertada, pero ya se sabe cómo es la poesía, cada cual tiene sus propias lecturas.
Un abrazo grande

Emiliano