0

En una nueva entrega de su columna "Jugar sin la pelota", Quique Larrousse recuerda al gran Osvaldo Mura. 

Todo pasó cuando el dueño de la pelota se ofendió. Eran las once y seguro teníamos una hora más para jugar en el potrero. Sirve interrumpir para situarnos en 1965. El potrero era uno de los terrenos libres de los muchos que todavia se hallaban cerca del centro. En la calle Rotta entre Pellegrini y Colón, grupos de chicos del vecindario nos sucedíamos en el uso del espacio. Los arcos armados con troncos desparejos, el pasto corto y algo pelado en las zonas de las áreas y los matorrales de altura de un yuyal propio de lo inhabitado, rodeaban el campito pisado por correr tras la pelota. Una perfecta postal de época el baldío. Con los otros nunca nos cruzábamos. Unos venían a media mañana hasta el mediodía, otros aparecían después de almorzar y nosotros solíamos ir pasada la media tarde. Pero lo que pasó ese día corrió como la cascada cuyo fuerte rumor empieza antes de entrar en las casas. El 'Rusito' fue a jugar sin ganas, pero como le tocaba a él llevar la pelota ni le pasó por la cabeza pegar el faltazo justo ese Sábado.

Hicieron la pisadita, eligieron de a uno y el grupo del 'Gordo' Frías salió perjudicado. La camiseta roja, algo desteñida del Flaco Uribe, tenía cosido un precioso escudo de Independiente y el "Rusito", furioso por el triunfo de Independiente en el Cilindro la noche del Viernes, provocó a Uribe y así la pudrió. Y todo se fue al carajo. Los pibes se trenzaron y dos bandos se empujaron con amagos desganados por un buen rato. Cuando el "Flaco" al fin le dijo "tás caliente porque anoche los pusimos", se desmadró el partido y el "Rusito", dolido por la ofensa y herido en su amor propio dijo "chau! acá se acabó el partido". Y se mandó a mudar con la número cinco bajo el brazo. Cabrón. 

Lastimado su amor propio pensó que por una semana lo cargarían y le dolió tanto como perder contra aquel Independiente de Don Manuel Giudice. La risa sarcástica del "Flaco" Uribe lo decía todo.

Un año pasó de la escena. La vida familiar y el fútbol nos llevan a otro rincón de esta maravillosa extensión geopolitica llamada país. Otra vez el fulbito, otra vez un potrero, pero distante mil ciento treinta kilómetros del conurbano bonaerense. La pintoresca San Fernando del Valle de Catamarca nos regalaba una agradable tarde de Enero muy a pesar de lo agobiante que había sido esa semana. Antonio, hijo del jefe de correos me había invitado a jugar al terreno con los chicos vecinos. Por esos días, mi padre inspeccionaba las sucursales y estafetas provinciales en una gira extensa que obligó a viajar para visitarlo. En la tierra de Felipe Varela nos sorprendía comprobar existían varios hinchas de Independiente. 

Creía por entonces que en las tierras provinciales el nativo sentía pertenencia solo a los clubes locales, pero la trascendencia del grande de Avellaneda conquistó al país entero. Obligado a encontrar entretenimientos, el fútbol con los pibes vecinos del hospedaje era una impensada solución contra el aburrimiento. Así me vi elaborando juego con la zurda, pateando el cuero número cinco gastado de tanta tierra. A las cinco y media de la tarde, transpirado junto a mis once compañeros de potrero y lejos de la siesta catamarqueña, me sentí feliz como nunca de tener la roja puesta entre los pibes catamarqueños y disfrutar que todas las jugadas intentadas terminaron bien. De pronto escucho a mis espaldas "míralo al porteñito, éh!!" en tono de admiración provocadora. El dueño de la pelota, un tal Peraca, buen amigo de Antonio y también simpatizante del Rojo, me había pegado todo el partido. Pero el chico, sólo un año mayor que yo, decidió elogiar al forastero que veía en mí. En vano les explicaría que no era porteño sino bonaerense, pero me alcanzó con la aceptación del grupo para vivir con ellos una tarde feliz.

Parece algo sacado de un cuento. En la canchita de la Sociedad de Fomento, Social y Deportivo Mayo, de Luis Guillón, partido de Esteban Echeverria en las calles Almafuerte e Independencia, a metros de la parada ferroviaria, el piberío del barrio daba rienda suelta a la pasión futbolera. Ese atardecer del Domingo 18/04/1965, el olor a leña quemada de los hogares o de alguna furtiva fogata vecinal se mezclaba con el fresco otoño. El silencio del barrio era interrumpido sólo por gritos de fútbol de adolescentes inspirados en el juego. Tres noches antes, en el Estadio Nacional Julio Martinez Prádanos de la capital chilena, un jóven vecino de Guillón, con casaca roja y el dorsal 8 en su espalda, había convertido el 4° gol para el triunfo de Independiente sobre Peñarol. La segunda Copa Libertadores de América para los de Avellaneda. Luis Osvaldo Mura, de 23 años recién cumplidos, se había hecho patrón del juego sometiendo al rival y marcándole un golazo. Y curiosamente en la tarde de ese Domigo de fútbol vecinal, tres chicos de la barriada celebraban la conquista de la copa con sus remeras rojas de ocasión, algo desteñidas y con un escudo zurcido. Pero el divertimento trajo una sorpresa soñada. Extenuanados ya y en el instante en que el partidito expiraba la pelota se les fue larga tras el arco saliendo de la cancha hasta ser frenada por el pié de un adulto que miraba la escena. El hombre paró el esférico y les dijo bromeando: "hasta acá llegaron: la pelota es mia." Ese hombre, bajito y delgado, abrigado de estilo sobrio, ese vecino era el heroe de Santiago y aún así, no todos lo conocían. Ese hombre era el mismo que el pasado Jueves se había apoderado del juego en Santiago para volver a su barrio ya Campeón de América. Nunca imaginé que el dueño de la pelota viviera tan cerca. Para sorpresa de los chicos que corrieron curiosos a saludarlo, quien pisó la pelota era Luis Osvaldo Mura, el diablo rojo, el vecino famoso y de perfil bajo de Guillón... el dueño de la pelota.

Quique Larrousse 

Next
This is the most recent post.
Previous
Entrada antigua

Publicar un comentario