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Se habrá dicho todo sobre su talento, su aporte al estilo que el Barcelona levanta hoy como bandera de ese fútbol único. Su liderazgo en las dos goleadas sufridas por Argentina en el 74, antes y durante el Mundial de Alemania. No está de más enfocar dos aspectos adicionales, acaso anecdóticos, del enorme Johan Cruyff que acaba de morirse. Dos aspectos que son uno: su presencia en la Argentina, en 1972, y su ausencia en 1978, en ocasión del Mundial.


De lo primero quedan apenas veinticinco minutos, en aquella final Intercontinental jugada ante Independiente en Avellaneda. El 6 de setiembre de 1972, la Doble Visera estaba lista para desafiar a un equipo que empezaba a hacer mucho ruido en Europa: el Ajax de Amsterdam, ganador de la final europea ante el Inter de Milán.  A los cinco minutos, en medio de un silencio mezcla de estupor y admiración, Cruyff le ganó en el pique corto al Zurdo López y derrotó a Pepé Santoro. 1-0. Un rato después, una tremenda patada del Tano Dante Mírcoli lo sacó de la cancha con un esguince de tobillo. Empataría Pancho Sá y dejaría la serie abierta para la revancha, allá en Holanda.

Años después de aquel partido, un dirigente de Independiente contaría la impresión que le habían causado los holandeses: “Fuimos al vestuario a ver cómo estaba Cruyff, a pedir disculpas. Nos recibieron amablemente, nos dijeron que eran cosas que podían pasar en el fútbol. Y nos aseguraron que la revancha sería diferente, que ganarían tres cero”.  Así fue. Un gol de su enorme socio, Johan Neeskens, y dos de Johnny Rep fueron demasiado para Independiente. “De Cruyff me acuerdo de su número, el 14. Siempre lo corría de atrás”, diría el legendario Chivo Pavoni. Cruyff no volvería a la Argentina. El Mundial del 78 les ofrecía a los holandeses la chance de revancha tras la final perdida ante Alemania en el 74, aquella en la que se habían puesto en ventaja al minuto, y de penal, sin que los alemanes pudieran siquiera tocar la pelota. Mucho se escribió sobre su ausencia.


El propio Cruyff contaría luego un intento de secuestro en su casa de Barcelona unos meses antes de la Copa del Mundo, y sugeriría que no se sentía en condiciones de jugarla. En una entrevista con Jorge Topo López, de Olé, diría que “para afrontar un Mundial hay que estar 200 por ciento, y yo no estaba”. Pero Juan Carlos Heredia, Milonguita, un argentino ex Barsa, relataría que, al contarle a su amigo Cruyff el ataque que habían sufrido sus padres por parte de los militares en su casa de Córdoba, lo había hecho desistir de volver a jugar en la Argentina. Sobrevolaron siempre los fantasmas de la dictadura en su decisión de no jugar ese Mundial. Sí se sabe que sus compañeros habían jurado que, de ser campeones, no recibirían la Copa de manos de dictadores.

“Jugar al fútbol es fácil. Lo difícil es jugar fácil al fútbol”, dijo alguna vez ese monstruo de la pelota. Se murió a los 68 años, justo el 24 de marzo. Para agigantar la leyenda, si eso fuera posible.

Sergio Danishewsky
Clarín

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