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Independiente igualó 1 a 1 ante Sarmiento, pese a ponerse en ventaja al comienzo del partido, y sigue sin levantar, con cinco sin ganar y un juego cada vez más apático y deslucido. Todo fue bronca en el Libertadores de América. 

No resiste más excusas este Independiente. Desde hace varias fechas que se cae desde el aspecto futbolístico, físico y hasta actitudinal. No hay amor propio, ni hidalguía o bravura por revertir una situación al menos desde la corajeada del "matar o morir". No hay nada desde el campo de juego hacia afuera que de la sensación de que esta situación pueda revertirse, y eso quizás es la peor parte de todo. 

Como aquella vieja canción que la hinchada cantaba en tiempos de resignación diciendo que ya no le importaba salir campeón, pero al menos "pongan más huevo". Ni eso. Ante Sarmiento fue otra pálida más para un hincha sufrido que pone expectativas en los juveniles, en la aparición de alguna cara nueva que sacuda la mediocridad con que se juega, pero no. 

Tampoco alcanzó ponerse en ventaja apenas comenzado el partido, y tras una pelota parada, con Lucas Romero entrando solo por el segundo palo y empujando al gol. Porque salvo contadas ocasiones el Rojo no volvió a inquietar. Una llegada de Silvio Romero que no pudo definir, un cabezazo en el segundo tiempo, y un penal que se pidió sobre el final del partido por una mano revoleada. 

Sarmiento se lo empató fácil: tremendo cabezazo a quemarropa de un delantero que levantó la mano, esperó el centro y se metió sin pedir permiso entre los centrales del Rey de Copas, que guardaban el distanciamiento social protocolar. El Verde pudo ganarlo, el Rojo no supo cómo, y así van cinco sin conocer el triunfo. 

Emiliano Penelas

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