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Una tarde de 1982 un hincha le tiró una muleta al árbitro argentino Ángel Sánchez. Se arrepintió de no haberla guardado como recuerdo y a partir de ese día juntó todo lo que las hinchadas le arrojaban. La ira futbolera convertida en museo.
El ex árbitro Ángel Sánchez enciende una vieja radio a pilas. Trata de sintonizarla pero el pequeño aparato de plástico negro sigue con interferencia.

- Me la revoleó un hincha en un partido entre Instituto de Córdoba y San Lorenzo. Es la primera cosa que guardé de todas las que me tiraron en la cancha –dice.

Primero fue la radio. Semanas después salió de un estadio con un walkman que le habían tirado desde una platea. Y siguió: un celular, un abanico, una pelota, un almanaque, un encendedor, un llavero. Y ya no pudo parar.

- Guardé la radio porque funcionaba, pero con el tiempo me di cuenta de que lo que me tiraban los hinchas también formaban parte de mi vida como árbitro y las empecé a juntar.

Sánchez deja la radio en una repisa blanca, junto al resto de la colección que hoy exhibe en un museo dentro de su casa, una habitación ubicada junto a la sala de estar. Guarda unas 600 camisetas de clubes de todo el mundo, ordenadas en un muestrario de cristal cerrado, del lado derecho de la habitación, contra la pared. En el medio, en una vitrina central, están los botines de Martín Palermo y El Burrito Ortega, las pelotas de la Copa América 2001, el Mundial Sub 20 de Nigeria y algunas medallas.

-Acá están los botines que usó el Enzo Francescoli en su despedida y estos –dice señalando hacia otro estante- son los del Beto Alonso. Hay cosas de Aimar, Saviola, Riquelme, del mellizo Barros Schelotto. De todos los jugadores que dirigí. De todos, menos de Maradona.

-¿Por qué?
- Porque cuando era técnico del Mandiyú de Corrientes le hice un juicio por daños morales y se lo gané, y desde entonces no tenemos buena relación.

En 1994, seis meses después de que la FIFA lo suspendiera, Maradona hizo su primera experiencia como DT. Sánchez marcó un penal dudoso y el Diego estalló. Después de decir ante las cámaras que lo habían robado, fue al vestuario de los árbitros y quiso derribar a patadas la puerta.

En otros estantes del museo hay una pelota de la Champions League, la camiseta de Danny Blind –el recordado capitán del Ajax de los '90-, un balón de la Liga Árabe, la camiseta de Messi, una pelota de tiento y un par de tarjetas rojas y amarillas ovaladas. En total, son más de mil souvenires que Sánchez, como otros tantos referís y futbolistas, exhibe para darle lustre a una carrera que duró 24 años, entre 1982 y 2006.

Pero lo que a Sánchez le da verdadero orgullo es el lado B del museo. El sector de objetos contundentes. Esas repisas que atesoran la ira del hincha convertida en proyectiles; la furia repentina ante un silbatazo inapelable que lleva a un hincha a revolearle al árbitro las llaves de la casa o una zapatilla.

- Estas cosas, de alguna manera, son un reconocimiento por mi trabajo.

Ángel Sánchez fue todo lo que puede esperarse de un árbitro polémico. Discutía a los gritos con los jugadores en la cancha y se peleaba con los periodistas que lo cuestionaban. Para todos tenía argumentos que siempre le daban la razón a sus fallos. Hoy, a seis años de su retiro, trabaja como docente en dos escuelas de técnicos, en otra de periodismo deportivo y opina de sus colegas en varios medios. Pero, a los 56 años, su mayor pasión parece estar en el museo. Sánchez recorre con la vista los objetos. Toma un celular viejo que ya no recuerda dónde se lo tiraron. Lo acaricia. Lo deja en su lugar.

- Acá falta algo –dice.

Y cuenta la historia de la muleta.

Octubre de 1982. Un solo hombre en las tribunas de la Doble Visera, en Avellaneda, mira el partido de la reserva entre Independiente y Newell’s Old Boys. Es la continuación de un encuentro suspendido por lluvia hace casi un mes y se juega sin hinchas por un incidente previo entre las hinchadas.

El tipo se acomoda en la cuarta fila de la platea. Un hombre que no suelta sus muletas, en la inmensidad de las tribunas.

Un partido de reserva, sin hinchas. Un plomazo. Pero tiene un atractivo que lleva al hombre de las muletas a sortear los controles policiales y colarse en el estadio: esta tarde vuelve el Bocha. Ricardo Enrique Bochini, el gran ídolo de los Diablos Rojos de Avellaneda, regresa al césped después de seis meses.

El partido parece un entrenamiento. No hay goles, ni grandes jugadas ni patadas alevosas. Independiente ataca sin mucha convicción. Newell’s contraataca cada tanto. El hincha aplaude cada vez que el Bocha acaricia la pelota con su botín derecho. Hasta que el árbitro Humberto Sergio Dellacasa marca una infracción. Bochini, furioso, lo insulta a los gritos. El referí no le contesta y en silencio saca la tarjeta roja. El juez de línea, Ángel Sánchez, sigue la escena desde un lateral de la cancha, de espaldas al único hincha.

El hincha enfurece: lo echaron a Bochini. ¡A Bochini!. Y en un ataque de ira agarra una de sus muletas y se la revolea al árbitro que tiene más cerca, al juez de línea. La muleta cruza las primeras tres filas de butacas de la platea, pasa por encima del alambrado olímpico y va directo al cuerpo de Sánchez. El juez de línea arquea el cuerpo y apenas logra esquivarla.

Treinta años después, sentado en el living de su casa, Sánchez lamenta no haberse llevado la muleta. Sánchez sabe que la muleta hubiera tenido un lugar privilegiado en el museo. Pero entonces era apenas un juez de línea joven que tomaba las piedras, llaves y encendedores que le arrojaban los hinchas y se los daba al policía que tenía más cerca.

A través de una puerta blanca vidriada de la casa del barrio porteño de Parque Chacabuco sólo se trasluce el aliento de una perra joven, una shar pei de poco más de un año, que acaba de parir. Ladra y se estampa contra la puerta. Resopla y vuelve a arremeter con otro empujón.

Aquí vive Ángel Sánchez y aquí mismo tiene el museo.

Él está sentado en uno de los sillones individuales del living, junto a un sofá.

Viste una camiseta deportiva manga larga negra con vivos rojos, que desentona con su pantalón de vestir gris y los zapatos negros.

- La idea del museo fue de Marita, eh. No mía.

Ella sonríe.

- Cuando Ángel se fue a dirigir el Sub 20 a Nigeria, sentía que no tenía ninguna forma de demostrarle que estaba con él. Entonces se me ocurrió agarrar todas las cosas que él traía de la cancha y preparar un lugar especial –dice la mujer mientras juega con la perra.

- Lo mejor es todo lo que se generó alrededor de esto: vienen grupos, hacemos reuniones y eso es muy lindo porque nos juntamos para hablar de fútbol. Y a mi familia le encanta –dice él, convencido.

- En realidad –dirá días después Marita- eso es bastante molesto. Tratamos de respetarlo porque a él le gusta mucho pero acá viene gente todo al tiempo y llega un momento en que resulta invasivo.

-¿Tiene algún objeto preferido?
–No –contesta Sánchez- No puedo elegir uno. Hay cosas de los grandes ídolos de todos los tiempos y en la colección de objetos contundentes tengo de todo también. Cada cosa tiene su historia y son parte de mis recuerdos.

Habla lento. La perra se le acurruca en la falda.

- Le faltó la moneda que le tiró el hincha de Cobreloa, en Chile, en los octavos de final de la Libertadores del 2002, y lo dejó inconsciente –dice Marita.
- Sí, porque el estado de salud no me lo permitió. No tuve forma de levantarla porque quedé desmayado. Si me la hubieran tirado con la mano no pasaba nada. Pero me dieron un hondazo que me cortó la frente.

Sánchez dirigió casi 400 partidos en primera división y, aunque colecciona lo que tiraban los hinchas, dice que no fue un árbitro muy agredido.

- Esas cosas son normales. De alguna manera es un reconocimiento a la decisión tomada. El árbitro afecta algo que tiene que ver con los sentimientos del hincha. Eso pasa siempre pero los árbitros acostumbran a darle las cosas a la policía. Yo no. Yo las guardaba porque sabía que venían para acá.

- Lastima lo de la muleta.
- Sí, la verdad que sí. Si me la hubiese traído quizás el dueño estaría hoy acá en el museo, hablando conmigo de aquel partido.

Por: Gloria Ziegler - Fotos: Alejandro Lipszyc
Revista Anfibia

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