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Independiente aguantó el primer tiempo en Bahía Blanca y liquidó de contra en el segundo, con un brillante Patricio Rodríguez. Fue 2 a 1, pero mereció un triunfo más holgado. Se falló en la definición y sufrió mucho.



Tres puntos de oro se trajo Independiente de Bahía Blanca gracias a la extraordinaria actuación de Patricio Rodríguez, comandando el fútbol del Rojo durante todo el partido y siendo fundamental en la falta que posibilitó la apertura del marcador y el golazo que cerró el encuentro.

Luego de un primer tiempo trabado, muy embarullado y con escasas ideas, el Rojo se encontró apenas iniciado el complemento con un gol desde el vestuario. Otra vez el Patito recibió una falta sobre la banda derecha. Maxi Velázquez puso el centro al medio del área y Facundo Parra, con la suela, desvió la pelota hasta el segundo palo.

El local se vio obligado a salir y se generaron espacios en la defensa. De contra, Independiente tuvo claras para aumentar: un mano a mano de Silvera increíblemente malogrado por el Cuqui, un tiro en el palo de Vélez, entrando por derecha, y otra más del colombiano que definió mal por arriba, ante la salida de Tombolini.

Pero había en la cancha un solo jugador desequilibrante, capaz de desarmar defensas, acumular defensores y, a costa de aguantar patadas y golpes a mansalva, hacer amonestar a todos los jugadores de Olimpo. Era Patricio Rodríguez, quien con la ceja rota por una terrible embestida de Aguirre, recibió en la media luna, esquivó a tres rivales, al arquero, y definió magistralmente para definir el juego.

Claro que no todo era tan fácil, Lunati -que expulsó correctamente a Federico Domínguez sobre la hora- dio seis minutos más, y el Rojo siguió sufriendo hasta el último, con el descuento de Furch. El 2-1 como visitante trae aire para Avellaneda, y la confirmación de una noche mágica del Patito ilusiona con que el fútbol también se entusiasme.

Emiliano Penelas

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