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Ante un incentivado Arsenal el Rojo sufrió más de la cuenta para conseguir el empate que lo terminó clasificando a la Sudamericana. Independiente no jugó bien, no tuvo ideas en ofensiva y no supo quebrar el planteo defensivo de un equipo que cuando atacó lo complicó.

La montaña humana. Abajo está Matheu, autor del gol del empate.

Parece que Independiente, si no sufre, no sirve. ¡Qué parto! Sólo se necesitaba de un punto para entrar a la Copa Sudamericana y el rival, Arsenal, ya clasificado por ser el último campeón, sin problemas con el descenso ni luchando por el título, puso todo lo que había que poner y aún un poquito más. El gol de Calderón heló las almas de la fría noche en el inodoro, y hubo que esperar hasta 8 minutos antes del final para conseguir ese grito salvador de Matheu, genio y figura del Rojo que vistió de blanco.

Lo cierto, hay que decirlo más allá de la emotividad que presentó el segundo tiempo, el partido fue muy mal jugado e Independiente no estuvo a la altura de las circunstancias. El equipo salió a jugar como si se tratara de un amistoso, de un encuentro más, y no de una final. En ningún momento de ese primer tiempo exhibió ideas futbolísticas ni pudo doblegar a un rival que sin ser más atacaba creando serios daños. El Rojo fue desprolijo en el manejo de la pelota, no mostró cambios de ritmo ni de tiempos, no fue certero de tres cuartos de cancha en adelante, lugar donde se diluían todos los intentos ofensivos.

Con el resultado puesto de Argentinos y Vélez, ambos victoriosos por 2 a 1, una derrota nos dejaba afuera de la Copa. "Tremendamente motivados", como diría el Bambino Veira, los jugadores de Arsenal fueron al frente como locos hasta lograr el gol que Calderón se encargó de gritar con todas sus fuerzas. Un centro cruzado le llegó a Caldera, que la bajó claramente con la mano, que Bassi, en una pésima noche, no vio, y el 1-0 de los del Viaducto dejó callada a la olla de la calle Corbatta.

Desde el tanto, los visitantes se dedicaron a hacer tiempo, esperar, pausar cada lateral, cada saque de arco, ante un árbitro pasivo que dejaba manejar el tiempo -y la desesperación del local- a los dirigidos por Gustavo Alfaro. Si eso pasaba ya en los quince minutos que separaron el gol del final del tiempo, imagínense lo que fue el complemento.

El Rolfi salió como titular

Con los nervios de punta, en el segundo tiempo el empate no llegaba e Independiente jugaba contra sí mismo: su impotencia, la falta de creación, los nervios y un rival que parecía jugar por mucho más que tres puntos. Montenegro -que finalmente fue titular- empujaba pero no había nadie para dar la puntada final, y Bassi le anuló un gol luego de una serie de rebotes. Denis, en su último partido antes de ir al Napoli, quería su gol pero no logró más que luchar y pelear sin claridad.

Borghi, a medida que pasaban los minutos, mandó todo lo que tenía en el banco, "quemando las naves". Salieron Fredes y Machín muy silbados, entraron Sosa -que tuvo tres minutos de gracia antes de que bajen los primeros reproches- y el Patito Rodríguez. Luego se fue Herrón, que estaba haciendo un buen partido, para que entre Cristian Ledesma. Con el paraguayo, el Rojo sumó tres delanteros, dos hombres de creación y defendió con tres.

Guillermo Rodríguez, una de las figuras de la cancha, era pura entrega, potencia y claridad en la defensa. Y Carlos Matheu era el alma de un equipo que quería más de lo que podía dar. Y a falta de ocho minutos para la debacle total, con toda la gente alentando y esperando que se ponga huevo o se vaya al frente como sea, fue Carlitos quien recibió un rebote fuera del área y colocó un tiro cruzado, potente, abajo, para que lo grite toda la cancha.

De todas formas los pocos minutos que quedaron no fueron sencillos y Arsenal no sólo dejó de hacer tiempo, de tirarla afuera, de jugar con el reloj, sino que sobre la hora mandó a toda su gente, sin dejar a nadie más que el arquero y el ejecutor del tiro libre, a buscar un pelotazo de media cancha al área, como si en esa pelota se les fuera la vida... raro.

En una noche helada, el árbitro pitó el final del partido y se festejó el quinto empate seguido con una alegría inusitada, porque significa volver a jugar una copa después de cuatro años. Y valía la pena gritarlo.

Emiliano Penelas

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