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En su cancha, con suplentes, con un hombre menos, con el arquero lesionado... Independiente le ganó a racing 1 a 0, le sacó 24 partidos de diferencia en el historial y a esta altura lo único clásico es el resultado.


Qué silencio, qué hermoso estadio enmudecido. Un puñado de jugadores de Independiente, apenas 10 que aguantaron más de una hora, muchos pibes, muchos que no jugaban desde hace tiempo, otros que debutaban esta noche. Y así ganó Independiente. Con la camiseta, con el espíritu, con temple, con coraje.

Pegó justo Independiente, lo ganó de guapo, lo ganó porque le gana siempre a racing y porque jugó un partido de ajedrez ante un rival que tenía toda la presión del mundo. Porque lo vivieron como la final de un campeonato, recibieron a su equipo con fuegos artificiales y daban por ganado un encuentro ante un conjunto que tenía la cabeza en el martes y le tiró a los pibes en la cancha.

Y así lo ganó Independiente, porque la historia se repitió otra vez, porque Amorebieta dejó todo, Albertengo jugó de central, Rehak se fue llorando sin poder dar un paso más pero atajó la última estando roto, y porque Tagliafico es un capitán sensacional, y Leandro Fernández, cuando está de buen carácter, es infalible.

También lo ganamos con suerte, con el tiro en el palo, con los delanteros de ellos comiéndose los mocos frente al arco, incapacitados de definir y pensando más en la vergüenza de lo que significaba perder otro clásico así. Y lo perdieron. Y lo ganamos, y festejamos.

Emiliano Penelas

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