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El juvenil de Independiente, de 17 años llevará la camiseta 10 de la Selección, en el Sudamericano Sub 20 que comienza hoy para la Argentina, ante Perú.


"Nunca me lo imaginé. Mi idea siempre fue jugar en cancha de 11 en los torneos de la AFA. Pasó todo muy rápido: el club Mosconi, Central Córdoba (Rosario), la Academia de Griffa, subir de la sexta división a primera y, ahora, estar acá en la selección. El cambio fue grande, la adaptación a lo nuevo te exige estar muy preparado, tener que asimilar ciertas cosas que cuando estás en las inferiores quizás las pasas por alto o no le das la demasiada importancia. El trabajo y el sacrificio en el día a día, en cada entrenamiento, es el camino para que se te abran las puertas. El llamado de la selección era impensado, pero lo quiero aprovechar al máximo, porque es un orgullo que te elijan entre tantos nombres", dijo Ezequiel Barco, a horas del debut en el Sudamericano.

En diálogo con La Nación, la joven promesa de Independiente confesó que están "ansiosos por querer jugar, por demostrar lo que venimos trabajando en los entrenamientos. Estamos con muchas ganas de que llegue la hora del partido, sabemos que cuando empieza la competencia el jugador se quita toda la presión que va acumulando en los días anteriores. Calmarse es difícil, porque todos tenemos esa sensación de querer jugar".

-¿Existe una receta para que todo eso que les pasa internamente no se convierta en algo contraproducente?
-Es algo normal. La clave es pensar en el compañero, en el equipo y no salir alborotados y cometer errores. Eso sería perjudicial, pero lo estamos hablando entre todos. En los entrenamientos, pero también afuera de la cancha con juegos, que además ayudan a que estemos todos juntos, que nos podamos conocer un poco más. Así vamos distendiendo el nerviosismo.

-¿Cómo juega en tu cabeza que te consideren el referente futbolístico del equipo?
-No me dejo llevar por eso, porque acá no hay individualidades. Acá hay un grupo que quiere destacarse y para eso trabajamos todos los días, desde que empezamos a entrenarnos en Ezeiza. El equipo está muy bien, con ganas y confianza de jugar. Vamos a sacar el primer partido adelante, sentimos estar preparados para arrancar con buen pie.

-¿Qué equipo se verá con Perú?
-La idea es jugar, jugar. Si tenemos la pelota es más fácil, porque nos cansamos menos y ponemos en aprietos al rival. Sabemos que es un torneo duro, porque se juega muy seguido, pero hay un grupo parejo y eso ayudará a que el nivel del equipo no se resienta cuando haya que realizar cambios. Habrá momentos en que deberemos esperar, porque la altura también puede condicionar la intención, la idea.

-¿Ya están adaptados a los 2220 metros de altitud que tiene la ciudad (Ibarra)?
-No nos costó, pero los partidos tienen otra intensidad a la de una práctica y por eso también hay que saber administrar las energías: si salís a jugar de manera desbocada lo más probable es que te ahogues y que demores en hacer el cambio de aire. Hay que pensar, ya nos dijeron que los efectos de la altura se hacen más fuertes en los últimos 15 o 20 minutos. Son cosas a las que nos deberemos adaptar para no sufrir o para que no nos compliquen los rivales.

-¿Es una exigencia extra tener que defender el título de 2015?
-Lo que pasó ya pasó. Debió ser muy lindo para los que les tocó jugar, ganar y festejar, pero nosotros no podemos pensar que la Argentina ganó el último campeonato. Tenemos que intentar repetir, pero no se tiene que convertir en una obsesión.

-¿El objetivo no es el título?
-Nuestro objetivo es clasificarnos al Mundial. Después, si está la posibilidad de pelear por el título seguro que lo vamos a intentar. Hay que ponerse metas cortas, cumplirlas y ahí buscar nuevos objetivos.

-¿Cómo era la vida en Villa Gobernador Gálvez?
-Tranquila. La escuela, la pelota, la familia, los amigos. Vivía con mi mamá Esther, mi papá Omar y mis tres hermanos: Cristian (16 años), el más quilombero y también el más mimoso, y mis hermanas María Eugenia (24) y Paola (23).

-¿La mudanza a Buenos Aires fue un contraste muy fuerte?

-La llegada a Buenos Aires fue dura, nunca había vivido en una pensión y adaptarme me llevó un poco de tiempo. Pero los chicos me ayudaron, me llevaron por buen camino y el contacto permanente con la familia también me posibilitó a que yo nunca bajara los brazos. Al tiempito de llegar tuve una lesión en la rodilla izquierda y no jugué durante tres meses. No sabían qué era, si era a causa del crecimiento. Lloraba, tenía ganas de tirar todo al carajo, pero ese apoyo del que te hablé hizo que hoy esté acá.

-¿Quién tomó la decisión de dejar Villa Gobernador Gálvez?

-Fue un tema medio complicado. En Rosario pegaban mucho y mi mamá sufría, quería un cambio. Ella decía que en Buenos Aires quizás no se jugaba tan fuerte, con tantas patadas. Pero bueno, la realidad es que es lo mismo: ella ahora cuando va a la cancha sufre cada vez que me pegan. 'Así es el fútbol', le digo, así se tranquiliza.

-¿Antes de Independiente te probaste en River y en Boca?

-Fui a varios clubes. Con 11 años fui a Boca y a River. No quedé, me decían lo de siempre: que era de físico muy chico. Pero seguí, no les di bolilla: quizás si te agarran a una edad más avanzada y te dicen eso vos te caes un poco de ánimo y te vas frustrando. Después, de más grande, me hablaron de Banfield, Argentinos, Ferro, Gimnasia. Yo tenía todo listo para hacer la prueba en Banfield, pero salió la posibilidad de Independiente, donde estaba Jorge Griffa y no lo dudé.

-¿Cómo tomaste la salida de Gabriel Milito de Independiente?

-Me dolió mucho. Más allá de que fue el técnico que me llevó a entrenar con la primera, él me aconsejaba, me cuidaba. Siempre me fue llevando de a poco, para no generarme presión, para que vaya adaptándome al vestuario, a las prácticas, a la convivencia. También el Tanque [Germán Denis], Cuesta, Pellerano, que son los líderes, me dieron consejos que me ayudaron a salir adelante. Me enseñaron a cuidarme en todo sentido: con las comidas, redes sociales, el entorno.

-Ahora que sos un personaje conocido, ¿cómo te llevas con la fama?

-Siempre me aferré a los que estuvieron cerca, eso me hace tener los pies en la tierra. Me gusta sacarme fotos y firmar autógrafos, porque yo también estuve en el lugar de los hinchas y era lindo que un jugador aceptara el pedido.

En un envase pequeño, con 1,67 metros y 67 kilos, Barco tiene la fortaleza necesaria para el líder futbolístico de la Argentina, un equipo que quiere empezar a caminar con buen paso.

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