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"¿Qué hacés, Chapulín?" La pregunta se multiplicaba por cada compañero que se le acercaba. No entendía de qué le estaban hablando. Ante tanta repetición, preguntó. "¿No sabías? Menotti te comparó con Romario." Rápidamente buscó una computadora y, a través de Internet, encontró la razón de las cargadas. "Tiene un arranque corto y es físicamente parecido. Es una buena aparición, tiene todo para ser un gran jugador", decía el Flaco allá por abril de 2005. Había debutado con Ruggeri en 2003, pero el carrusel de entrenadores (Chiche Sosa, Bertoni, Pastoriza, Santoro) lo devolvió a las juveniles de Independiente. A Menotti también se lo llevó la irregularidad y, tras volver del Mundial juvenil de Holanda, Julio Falcioni le dio la titularidad y la camiseta número 10, la del prócer Ricardo Bochini.
En la selección juvenil conoció a su gran amigo Messi. La anécdota, desconocida hasta hoy, es maravillosa. Durante los primeros entrenamientos en el predio de Ezeiza, nunca supo quién era ese flaquito. Al pasar había escuchado de un chico que venía de Barcelona, pero no mucho más. Un día, cenando en la concentración, se acerca a un diálogo protagonizado por Leo y Lautaro Formica. Los rosarinos charlaban sobre unas zapatillas que el chico del Barça había traído de los Estados Unidos. "Perdón, ¿cómo te llamás?", preguntó el curioso. "¿Cómo, no sabés?", lo acusó Formica. "Lionel", contestó tímidamente el interrogado. Así se presentaron los que siete años después son los dos mejores futbolistas argentinos.

Su golazo en el clásico ante racing, con triple quiebre de cintura ante Diego Crosa, le valió la idolatría Roja y el pase al Atlético de Madrid. A los 18, ya mostraba carácter, gratitud y memoria. Antes de irse, se plantó firme ante Julio Comparada. El ex presidente quería negarle el porcentaje correspondiente a Samuel Liberman. El empresario había ayudado a su familia cuando nadie podía garantizarle futuro de primera. No permitió que lo perjudicaran en la operación.

En 2007 regresó a un Mundial juvenil como capitán y figura. Recuerda a ese equipo campeón como el mejor que ha integrado por la buena onda en el plantel (Moralez, Banega, Zárate, Fazio?). Volvió a festejar con su amigo Messi en los Olímpicos de Pekín 2008. Y los títulos con Atlético de Madrid (Europa League y Supercopa Europea 2010) le mostraron la sensación de ciclo cumplido tras cinco temporadas. Se fue a Manchester: otro país, otra cultura, otro idioma, otro estilo de fútbol. No le costó mucho adaptarse. Debutó con dos golazos y un pase-gol en un 4 a 0 ante Swansea. A los cinco minutos ya tuiteaba en inglés. Maneja su propia cuenta, está por llegar a los dos millones de seguidores y en su biografía deberá agregar un título más. Ayer, su equipo estaba perdiendo de local ante Queens Park Rangers. Sus hinchas lloraban en la tribuna por la oportunidad perdida que habían esperado por 44 años. Su clásico rival se preparaba para celebrar otro campeonato. El gol del bosnio Dzeko aportó un fundamento al milagro. Él no había tocado la pelota en todo el partido. Se le escapaba la gran chance de ganar su primer título de Liga.

Pero en la última jugada del partido apareció cerca de la medialuna. En lugar de lateralizar para el enésimo centro de la tarde, apostó al toque corto con Balotelli. Picó dentro del área para recibir la devolución. El italiano aguantó, giró y lo buscó. Podría haber tirado con el defensor encima. Pero en su manual, en el área siempre hay tiempo. Lo gambeteó, sacando la pelota hacia su derecha. Recién ahí, con todo el mapa del arco, la clavó entre el arquero y el caño. A lo Chapulín Romario. Perdón, a lo Kun Agüero. El hombre ha filmado su propio capítulo de superhéroe.

Juan Pablo Varsky
Diario La Nación, 14 de mayo de 2012

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