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Sergio Vittor, ex jugador del Rojo y flamante refuerzo del Lobo, cuenta su experiencia en uno de los países más exóticos de Europa. “No entendía nada, me insultaba con mis compañeros y ninguno nos entendíamos”. Tiernizaba la carne a los golpes y se las ingeniaba para cocinar.

- Por qué decidiste venir a Gimnasia?
- Por lo que es. Además, yo nací en La Plata y lo sigo porque gran parte de mi familia es del Lobo: mis primos, mi suegro y mi novia. Sufrí como loco el descenso y por eso cuando me llamó Ingrao no dudé en decirle que sí. Me encanta estar acá. Además, el equipo empezó bien...

- ¿Y qué dice tu familia con tu llegada?
- Están todos como locos. La primera camiseta es para mi novia, que me bancó en todas. Pero igual todos me piden algo de ropa, je.

- Pero hiciste las Inferiores de Estudiantes...
- Sí, pero apenas estuve un año y medio, en Infantiles, ni siquiera me acuerdo quién me dirigió. Después me vine para Gimnasia y con edad de Quinta me probé en Independiente. Quedé y llegué a Primera.

- ¿Y cómo terminaste en Eslovaquia?
- No sé, fue una locura. Esa no fue una decisión de alguien que está cuerdo y bien de la cabeza. No tenía lugar en el club, me ofrecieron ir y acepté porque sabía que el MSK Zilina iba a jugar la Champions, fue en lo único que pensé. Cuando me fui, ni siquiera sabía cuál era la capital del país, aunque después aprendí que era Bratislava. Esa decisión me trajo muchas consecuencias.

- ¿Cómo era la convivencia en el vestuario?
- Una cosa de locos, el único que hablaba español era el técnico y encima lo veía poco y nada porque usaba otro vestuario. Me manejaba con miradas y, la verdad, se me complicó bastante. No tenía ni traductor. Jugaba al oficio mudo. Muchas veces me insultaba con mis compañeros y ellos a mí, pero ninguno entendía nada.

- ¿Qué hacías cuando te querías comprar algo?
- Tenía un supermercado a cinco cuadras del lugar donde vivía. Y me mandaba porque quedaba derecho, si no ni loco iba, porque las calles de allá van para todos lados. Y compraba unas golosinas que tenían un gusto a remedio terrible, pero me guardaba los envoltorios de las que me gustaban y después me compraba de ésas.

- ¿Nunca te perdiste?
- Sí, varias veces. Una vuelta entré a tomar un café a un bar hermoso. Y cuando salí no sabía cómo había llegado, no había estudiado el camino. Me quedé parado en el medio de una plaza que tenía cuatro calles distintas y me puse a probar en todas para ver adónde iban, hasta que llegué al estadio donde jugábamos, ahí me ubiqué.

- ¿Comiste alguna comida típica?
- No. Lo que hacíamos con mi novia era comprar varios kilos de carne picada, huevos, pan rallado y orégano, aunque tardamos en darnos cuenta cuál era el orégano porque los paquetes eran todos iguales. Después hacíamos albóndigas, hamburguesas y salsa bolognesa, y con eso íbamos para adelante. La carne era una piedra, para aflojarla tenías que cagarla a trompadas, te manchabas toda la ropa intentando ablandarla, parecía que habías matado una vaca, no sabés lo que era… Eso sí, en el club eran buena gente, desde el técnico hasta el masajsita.

- ¿Y la gente?
- Son muy fríos, tienen un freezer en el pecho. Te miraban raro, un desastre. Encima que me costaba un montón tratar de expresarme en eslovaco, ellos me miraban, se daban vuelta y se iban. Decí que el técnico que tenía, Pablo Hapal, hablaba español y era un fenómeno, le preguntaba todo a él. Seguro que me terminó odiando, porque lo llamaba a cada rato para preguntarle de todo.

- ¿Hay alguna similitud con nuestro fútbol?
- No, en la Argentina el fútbol es mucho más duro y se juega mil veces mejor. Allá casi no se trabaja el aspecto físico...

- ¿Y los hinchas?
- Son muy tranquilos. Eso sí, las canciones que cantaban eran horribles. No son muy fanáticos como acá. Podés caminar por la calle y apenas te saludan, no te piden autógrafos.

- Imagino que extrañabas muchas cosas...
- A mi familia y sobre todo el asado. En Eslovaquia se come mucha pasta y hay como miles de salsas. Ah, y comía mucho pollo, porque a la carne había que pegarle con un martillo para aflojarla.

- ¿Qué fue lo mejor de esa experiencia?
- Me traje algo que fue el motivo por el que fui: la pelota de la Champions. Pude jugarla y eso no me lo saca nadie.

Leandro Larrouyet
Diario Olé, domingo 14 de agosto de 2011

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