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En una nueva versión de su columna "Jugar sin la pelota", Quique Larrousse vuelve sobre la escandalosa caída ante Gimnasia de Mendoza en Avellaneda. 

La incomodidad o el bochorno que una persona siente al presenciar una conducta ridícula, patética o embarazosa, tiene por resultante la tan famosa vergüenza ajena.

Y la vergüenza ajena se siente por ejemplo ante lo impresentable que pueden haber hecho los que nos representan. Ahora bien nadie tiene intacta la experiencia de sentir ese pudor indeseado que es la vergüenza propia. Pero en la moral social supimos construir el soberbio derecho a sentir pudor por los desatinos de aquellos que sentimos como delegados. Entonces, ya sabemos que el bochorno propio o ajeno es camino pedregoso para ir con pies descalzos y quiérase o nó, duele. Digo, como verdad de perogrullo que mucho peor es la desvergüenza. Vaya consuelo... 

Pero envueltos en la inevitable vivencia de cruzarnos con lo inoportuno, analicemos cuán grave es la causa del sofocón. Aquí vamos al meollo de la cuestión, que sin más se trata de fútbol. Del fútbol rojo. De una derrota en fútbol. Y de una derrota con matices catastróficos como la propina da por el "caracol" mendocino, así apodados también los blanquinegros del histórico estadio Victor Legrotaglie y dirigidos por el otrora crack Darío Franco. Entonces propia o ajena, aunque sea cuestión de pasiones, la vergüencita existió.

Empecé a preguntarme qué me daba más vergüenza del 3 a 0 en contra de local y el marcador acumuló mérito. Es bravo sufrir tres veces la caída de un arco que desde la inauguración del estadio en 2009, nunca fue imbatible. Igual o peor fue ver a los propios errando goles primero y ayudando al rival luego a convertir los suyos. 

Duele la vergüenza de ver al marcador de punta corriendo enloquecido por sus macanas, para evitar goles que vendrían como lógica consecuencia. Resultó insoportable querer justificar al mediocampista cuyo expreso amor al club quedó como trapo en desuso por la imposibilidad de jugar como ya no puede. Es irritante aceptar esa urgencia tardía de tirar a los juveniles -los pocos que no fueron prestados sin cargo- la responsabilidad de salvarnos cuando ellos no están a punto por falta de minutos en primera. 

En la historia de Independiente, a pesar de la grandeza, hubo vergüenzas selladas en la memoria de los que vivimos para contarlas y no las olvidamos. El 7 a 2 propinado por el local en el Monumental la tarde del 3/12/1972. Los 4 a 1 a manos de Boca el 29/11/1994 y el 9/5/2004 en casa. La repudiable entrega del tercer partido el la Intercontinental del 75 ante el Atlético Madrid, que aunque pocos lo saben fue una vergüenza dirigencial que la historia del club, la hinchada y el gran plantel que fue a España, no merecían.

Fueron pocos los oprobios evitables en una historia de grandeza. Pero ninguna dirigencia jamás dió cuenta de ellos. Un 3/10/2001 el "Cuchu" Cambiasso pedia perdón a la tribuna por estampar el 5 a 0 para River en Avellaneda. La despedida de la Visera el 8/12/2006 cuando los jujeños nos ganaron 2 a 1. La humillación que fue desgracia. Se despidió al estadio más ganador con una derrota. El 15/6/2013 San Lorenzo sellaba nuestro descenso. La hinchada sostuvo la dignidad cantando con furia por largos minutos. 50 días más tarde, el Rojo debutaba en el Nacional B cayendo ante Brown de Adrogué por 2 a 1 y sembrando la deshonra al inaugurar la categoría con una derrota de local. Y el 20/8/2025 los gravisimos incidentes en la Pavoni alta provocados por la barra de la Universidad de Chile fueron rematados con barbarie por los barras locales que nos dejaron fuera de la Copa. Todas estas muestras de deshonra fueron evitables. Y ninguna de ellas fue resarcida alguna vez. Afrentas no reparadas. Independiente es un universo honroso de origen. Son muy puntuales las ocasiones en que la honra fue abofeteada. Nosotros, sus adeptos, hinchas, partidarios pródigos de esa honra ya no aceptamos el bochorno propio ni el ajeno como un traspié circunstancial. Es hora que las ignominias sean demolidas para siempre. Que aprenda la dirigencia a volverlas imposibles. Y que la dignidad retorne como parte de nuestro origen para nunca más volver a sentir vergüenza. 

Quique Larrousse 

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