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Compartimos un hermoso texto de Enrique Larrousse en el que recuerda los hechos de la gran huelga del fútbol argentino que tuvo a José Omar Pastoriza como protagonista, y su extraordinario gol que le diera la victoria a Independiente frente a River, por el Nacional 71.
Archivo: Eduardo Bolaños


Una tarde, allá a principios de los '70, un conflicto sacudía al mundo futbolístico local en tiempos difíciles para el país y su pueblo.

La situación se había tensado al punto de casi suspenderse las fechas de los encuentros dominicales.

La disputa entre los planteles profesionales, los clubes y la AFA incluía la intervención de Futbolistas Agremiados, sindicato que crecía en prestigio a partir de su lucha contra una dirigencia futbolera férreamente controlada por el gobierno militar.

El conflicto perduraba con los matices imaginables que, los futboleros memoriosos, medio siglo después podemos enumerar.

Discusiones periodísticas en los medios, febriles reuniones donde las partes tiraban sin aflojar, charlas de café interminables donde la grieta la profundizaban quienes odiaban al sindicalismo y páginas sobrecargadas con la copiosa tinta del conflicto, hacían de aquello el tema saliente.

José Omar Pastoriza era joven, con la presencia y carácter de líder que su personalidad le sumaba a su talento deportivo. El Pato dirigía el gremio de jugadores por capacidad sindical, vocación política y compromiso. Tal era su vigencia.

El Pato era tan amado por sus pares como odiado por el poder y parte de un público que aborrecía la lucha laboral y el reclamo de derechos. El sentimiento oligárquico no faltaba en la masa futbolera de la sociedad.

En ese contexto y cuando el conflicto arreciaba, llegó una fecha del torneo donde el Rojo debía visitar a River.

Debido a la contienda gremial algunos equipos presentaban titulares y otros suplentes, en medio de una disputa que amenazaba con parar el fútbol cada semana.

El partido era esperado ansiosamente por ser un clásico de grandes, por el contexto político y por la trascendencia sensacionalista que la prensa le daba.

Pero un detalle consecuente con tanto desacuerdo, le iba a dar un matiz dramático al clásico: por decisión de su Comisión Directiva, el Millonario presentaría a sus juveniles para recibir al Diablo Rojo y su líder gremial.

Toda la semana se habló del encuentro desigual y esto fue motivo para que las miradas más impiadosas de la hipocresía general, se posaran sobre el rosarino y sus diez compañeros Diablos.



Vale acotar que por entonces, tanto River como Independiente tenían planteles de talla, con jugadores de gran jerarquía y que, como correspondía a dos grandes del futbol local, peleaban cada torneo argentino, incursionando con distinta suerte la ya muy prestigiada copa continental.

Así las cosas, se inició el partido en esa jornada con una muy equilibrada acción por parte de ambos equipos.

La joven formación de emergencia presentada por River Plate, dio batalla con entusiasmo y dignidad al experimentado once Rojo dirigido por Pastoriza y héroes rojos de renombre como "el Chivo" Ricardo Pavoni, Miguel Angel "Pepé" Santoro, "Perico" Raimondo y otros.

Ese equipo Rojo ya se había consagrado en títulos, y alcanzaría la máxima gloria internacional en esa misma década. Como dije, la paridad del juego había llevado el transcurso del partido a donde ninguno de los dos se sacaba ventaja, aún con goles ya marcados.

Los rumores previos le habían dado cuerpo a los prejuicios. Si el Rojo caía en Núñez, seria una deshonra para sus jugadores, su parcialidad y especialmente para el secretario general del gremio de futbolistas que en el césped, se jugaba algo más que un partido de fútbol.

Y si Independiente se imponía, la opinión publica le reprocharía que le había ganado a "los pibes de River", con la ventaja deportiva que era presentar su primer equipo a la contienda y en medio de un diferendo salarial, político y sindical que dividía las aguas. Fuera cual fuese el resultado, el país miraba con ojo acosador al club de Avellaneda y a su encumbrado líder.

La historia, contada por la crónica periodística, es condimentada por la memoria de quien subscribe, sin privación de emociones. Por eso, los detalles que relato a continuación, tienen la pasión del hincha y el rigor de objetividad que la historia exige.

Faltando poco para el final el árbitro cobró infracción a la altura de la medialuna local, a unos veinticinco metros del arco y con la distancia que pone a prueba al shoteador y al golero. Los hinchas locales sintieron la premonición: quien pateaba los tiros libres en Independiente, ¡era justamente José Omar Pastoriza!

Durante el desarrollo del encuentro, la hinchada local había destinado sus mejores insultos al Pato, haciéndole saber su desaprobación por la medida gremial que había liderado, dividiendo a los planteles profesionales.

"¡¡Gremialista!! ¡¡Gremialista!!" sonaba a coro el furioso insulto para el jugador, buscando minar su templanza de líder, tan sometido a presiones por esos días.

El tiro libre para Independiente había detenido el juego y favorecía los coros que bajaban de la San Martín con la ferocidad de una maldición. La platea oficial de River buscaba meterle presión al numero ocho rojo para que marrara su anunciado disparo y recibiera así el abucheo burlón de todo un estadio.

Pero tanto insulto adverso, reprobación rival y juicio publico en los medios, le había despertado al personalísimo estratega Rojo la justiciera sed de venganza y esa oportunidad le había llegado en la más deseada instancia: un disparo de pelota parada, a minutos del epílogo del partido.

En ese plantel, el responsable de los tiros de doce pasos era el oriental Ricardo Elbio Pavoni. Pero los remates libres con con barrera tenían su ejecutor en el botín de Pastoriza. Y la gente de River lo sabía.

La infracción cobrada, la distancia y la ocasión toda, no eran para el recio e inapelable disparo a media altura del gran Chivo, sino para la diestra sutil del líder grupal. El Pato.

Como en las lides que se recuerdan por su final anunciado, el instante previo dio fundamento al temor de miles de gargantas insultantes que callaron para nunca más oirse en aquella memorable y dramática tarde del "Antonio Vespucio Liberti".

El tiempo congeló la instancia y el Pato inició el movimiento con su habitual estilo ejecutante que la masa roja conocía de memoria.

Con la frente alta, llegó al instante del impacto ligeramente inclinado sobre su izquierda, para que toda su plástica le diese al pie derecho la ausencia de error previo. El lateral interno de su botín impulsó el balón con fuerza medida. El chanfle empezó a elevarse y la rosca cobró vida en plena altura. El derechazo pasó por sobre la barrera y su efecto le imprimió dificultad sin perder dirección.

El Monumental calló su rezongo cuando la pelota... ante la mirada atónita del arquero millonario y la desesperación de las tribunas, se coló en el ángulo deseado, loca de tanto efecto, soberbia de olor a gol.

El clamor de unos pocos miles de visitantes se metió en la tarde, dándole marco sonoro y triunfal al abrazo del ejecutante con sus compañeros.

Pastoriza ganaba el partido y silenciaba a toda una oposición que por esos días le había dicho de todo.

El Pato se ganaba el respeto ajeno para nunca más resignarlo a manos del tiempo. Un tiempo que de allí en más, lo consagró en lo mas alto de la historia roja y lo vio varias veces ganador dirigiendo al Club más grande de Avellaneda.

Inolvidable el Pato.

Esta es sólo una anécdota de la gloria que supo ganar para su vida y para Independiente todo.

Quique Larrousse

Esta versión escrita y revisada de la nota fue realizada especialmente para La Caldera del Diablo. El audio, en la voz del autor, fue grabado para el programa "Independiente, El Gran Campeón".

Agradecemos al archivo de Eduardo Bolaños (@edu_sport) por la imagen de la Revista El Gráfico que ilustra la nota.

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