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En una nueva edición de su columna "Jugar sin la pelota", Quique Larrousse vuelve al clásico con San Lorenzo y nos sumerge en una historia de bar porteño, fútbol y cotidianeidad mientras el Rojo jugaba en una noche helada en el Bajo Flores.

Sábado 2 de mayo. La memoria del clásico me lleva puesto. Camino por Rivadavia y toco el portal de San Gabriel. Me persigno riéndome. Le estoy pidiendo a Dios que le eche mano al Diablo esta noche. Doblo por Lope de Vega hacia las vías, miro el reloj y ya son menos cuarto. "Llego empezado", pienso y miro la cuadra que me falta. Me doy cuenta que salí con la cabeza húmeda aún. El frío baja y se nota. Cruzo Yerbal y entro a "Terzo", platea preferencial, palco de honor de angustias y alegrías, morada donde el fuego es pantalla, el cobijo café y la pasión clientela. "Terzo" es muy Rojo si juega Independiente. 

Veo a mis amigos ya sentados mirando la tele. Sandra, Eduardo y Alan atienden la barra. Ellos bancan los excesos propios de un estadio que no es tal. Hay otros clientes mirando. El partido no empieza. Ahí está Gaby Gándara, aquel notable número cuatro de Armenio del '89, la tarde que en Ferro salimos campeones. Extendidas las dos mesas lo acompañan Darío Ferreira apacible, serio, cálido, atento como siempre. Pudo zafar del laburo y se vino. Juntito, Franco Navarro con la Roja puesta. Franco con su armonía silenciosa, sonrisa querible. Siempre dispuesto a hablar poco y profundo. Es homónimo de aquel gran goleador del Independiente del 86 nacido en Aguaytía, llanura oriental de los Andes peruanos. Solo y en la mesa de adelante, José Frumento, con sus canas y vozarrón, siempre sonriente dándome la bienvenida. Y a la izquierda de ellos, como dejado caer sobre el sillón de la ratona, la sonrisa pícara de Luis, el único académico que mira al Rojo en ese bastión Diablo que es el café. 

Inicia el partido. Parece Huracán la camiseta. El Santo llega dos veces: una comba y un cabezazo. Alan levanta el volúmen. Lo pierde Abaldo a los 9', pero a los 15' termina en gol un jugadón. Gritos y alivio. Malcorra no se extraña. Rey no salta y nos crispa. Llegan dos clientes más. Recuerdo que Paula está al aire en la 10 con Marcos, Diablo que debe estar con un ojo en la tele mientras conduce. Ver el buen juego Rojo me sorprende. Después de Riestra se pisoteó la moral. Pero juega un buen fútbol en ese primer tiempo y merece estar arriba. 

Pienso en Papá y cuán feliz le hacía ganarle a San Lorenzo. Recordó toda la vida el 9 a 1 del '63. Cuando Dóvalo pita los 45', todo el mundo se mete en su celu. Gabriel con el diario, la qualy de Colapinto. Tras la barra, Alan, Sandra y Edu debaten por una venta de helado. Varsky comenta con alma azulgrana. Ignoran una jugada clarisima de Ávalos. 

A las 19:40 es noche y hay tránsito cruzando la vía. Doce grados hacen sentir el frío. Una señora añosa pasa emponchada y chuequeando. Pienso el frio que debe hacer en el Bajo Flores. El aviso de una marca de fiambres nos recuerda la picada de Maravilla. Reímos a carcajadas. 

A las 19:52 el comienza el segundo tiempo y los nervios se tensan. Son once minutos que tarda Independiente en ponerse 2 a 0 con un contragolpe veloz, perfecto y solidario. José me dice "¿viste que no lo grito antes?" y se rie felíz. Y a los 15' el chileno Gutiérrez pierde el tercero decretando el parto final. Ya a los 20' quiero que todo termine. Como la letra de Gieco, "Pensar en nada" y que corra el reloj.

El drama se anuncia solo en cada ataque del local. Cada centro al área es un misil. Pero la defensa Roja no tiene "la Honda de David" para rechazarlo. Pero a los 26'40" Rey se revuelca en el área chica y todos miran cuál es la camiseta azulgrana que va a empujarla a la red. Colmado, el Bidegain resucita. ¡Ah bueh... tenia gente! A partir de allí cada minuto es un chicle estirado, una cuadra de doscientos metros. Los veintiún minutos parecen la fila para sacar el turno de un hospital. Tiros de esquina, centros a la olla, tiros libres, todo cae sobre el área y la resistencia es titánica pero desesperada.


El mismo Independiente de la camiseta de Huracán, herido de futbol, olvida el pudor y rebota todo lo que le llega. Hasta que a los 51' el final le da el triunfo. Un tiempo y más para merecerlo y 25' para sufrir. Menos mal que se ganó. Abrazos, apretones de mano y esperanza. Pago el té, me meto la capucha del abrigo y me zambullo en la calle de regreso. La noche deja más alivio que ilusión. Pero por ahí, quién te dice. En los años de sequía la lluvia es una ruleta y todo Independiente está apostando a que moje.

Quique Larrousse

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