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Quique Larrousse nos comparte un nuevo capítulo de su columna de opinión "Jugar sin la pelota", para leer y escuchar en su privilegiada voz. 

Recuerdo se le iluminaba el rostro y tanto entusiasmo vivido se le hacía presente con sólo volver a contarme aquel domingo 21 de julio de 1940 y él con sus 18 años, visitando por primera vez el Estadio para quedar impactado con el 7 a 1 a Boca. Ese recuerdo signó su tiempo y el mio, pues en los años 60 y 70, los triunfos sobre los de la Ribera se sucedieron y la paternidad Roja se convirtió en un motivo de orgullo para los dos.

Pensar en fútbol fue durante mi niñez crecer con la soberbia manifiesta en esa goleada histórica que no había vivido sino a través de la narrativa de mi padre. Pero el valor del testimonio oral siempre impregna de legitimidad la historia hecha cultura, por eso, lo que hoy es preconcepto para las generaciones jóvenes, es sello de total identidad para mi tiempo. Podría decirse que ese clásico estuvo siempre en ventaja para Independiente de Avellaneda, por los triunfos prehistóricos, por los de mis años, por los que tuvieron su épica en este tiempo de crisis, pero también por aquel 7 a 1. Es inadmisible despegar de tal marca, de esa yerra gloriosa que puso en nuestra biografía el argumento justo e irrebatible. A todo ésto los tiempos fueron testigos del avance, y la evolución primero. Y de toda la involución después. Pero la leyenda viene sin solución de continuidad una vez que se convierte en epopeya y lo que fue felicidad por décadas meritorias pide a gritos volver a serlo.

Me sienta extraño ocuparme del tema que dió alegría a mis primeras tres décadas de vida, después de los títulos internacionales obtenidos. Es cierto que cada clásico entre grandes que Independiente supo ganar fue como la confirmación de su grandeza. Pero hay algo maravilloso y llamativo que envuelve en una luminosa bruma de dicha a todo el universo Rojo en las vísperas de un partido tradicional que vuelve purista la pretensión y la expectativa: el mandato del pasado de salir a ganarlo. Y ésto es igual en el once que va a jugarlo como en la hinchada que lo anima. "Los clásicos se ganan" dijeron alguna vez Griguol y otros maestros. 

De allí que el pasado 11 de abril ese partido contra Boca, esa cancha como emblema de grandes triunfos del Diablo es escenario de una previa donde la camiseta Roja es el estandarte más temido en toda la historia de la hinchada local. Los veteranos mayores de 80 que tienen la memoria bien, recuerdan triunfos épicos en el Alberto J. Armando. 

Pero vámonos al inicio de esta historia. El primer partido oficial entre Boca Juniors e Independiente se jugó el 28 de mayo de 1911 con victoria del Rojo por 3 a 1 sobre el Xeneize. Independiente fue el que dominó el historial desde el tercer partido entre ambos disputado en 1911 hasta el partido 199 que se jugó en 2006. Llegó a llevarle un máximo de 17 partidos de ventaja a Boca allá por el capítulo 82 en 1960. Desde el partido 206 disputado en el 2010 hasta la fecha, los de la Ribera tienen el historial a su favor con 4 arriba.

Entre las goleadas Rojas podemos contar la de 1938 por 4 a 0, el 5 a 2 de 1939, el Independiente 7 Boca 1 de 1940, siendo la máxima del historial. Hay un 4 a 0 Diablo en 1944. Y siempre en términos de paliza sigamos con el rotundo 3 a 0 del 54.

A ver: hay un tremendo 5 a 2 del Rojo en el 80 y otro 5 a 2 en el 87, ambos de visitante. El 3 a 0 de 1986. Luego el 4 a 0 del '99 con aquella emboquillada exquisita de José Luis Calderón a Oscar Córdoba. El 3 a 0 del Apertura 2000 y el inolvidable 5 a 4 que en 2012 enmudeció a toda la Bombonera con el "sombrero" del 'Tecla' Farías a Orion que aún celebran jóvenes y adultos. Aparte los grandes triunfos de los 70 y 80 de la mano de Ricardo Enrique Bochini, la gran pesadilla de figuras como Gatti y Navarro Montoya. La última gran explosión Roja fue el zurdazo de Angulo silenciando a miles de hinchas. El 19 de mayo del 2025, iban '33 del ST y Álvaro, el nacido en Tumaco, municipio de Nariño, en el sur de Colombia frente al gran Océano Pacifico, hizo la jugada de su vida. Veloz y decidido, quitó anticipó, trabó y clavó un tiro de gol desde un ángulo muy difícil para convertir y asi le dió a Independiente un triunfo que nos refrescó la historia. 

No vale salirse de ésto y dejar tanta gloria cosechada para rever el último resultado. El robo evidente con el sabor a triunfo que debió ser y no fue. La realidad es que para el universo histórico de Independiente y de su adversario del Riachuelo, este clásico es más relevante que otros. Y la verdad es que en lo futbolistico, en lo épico y en la vibra identitaria, Independiente es más. No hablo de la popularidad masiva, no hablo del poder económico, ni nada que no sea estrictamente futbolistico. En la esencia de jugar a la pelota con una camiseta grande y una historia gloriosa de origen, el Diablo es más importante. Porque ese miedo escénico de Boca, existe. Porque cuando toda la historia se convierte en leyenda, páginas de esa gloria han desbordado la vertiente de un archivo. El interminable aval del pasado revivido en presente, por siempre, está teñido de Rojo. 

Quique Larrousse

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