0

En su nueva columna de opinión "Jugar sin la pelota", Quique Larrousse habla sobre "El efecto del insulto". 



El fútbol cambió en el tiempo, pero más lo hizo la sociedad que lo alimenta. La vibra y conducta masiva que lo ve. Tomamos hoy el fenómeno de la desaprobación y el aliento. Rotos muchos de los hábitos de conducta de masas, ésta en el presente destrata al futbolista. Y lo hace sin filtro que mesure su enojo. En el estadio lo insulta cuando la cosa está mal y lo silba al abandonar la cancha. Esta reacción no es preexistente. Nace del quiebre de cierta educación que la sociedad supo sostener desde el origen del deporte hasta los años en que la falta de respeto ganó terreno en lo público. En tiempo en que la asistencia a los espectáculos deportivos, tenía un freno inhibitorio en la manifestación de su humor, si éste se crispaba, la misma gente tenía al silencio como reprobación. Pero un día, esa conducta se fracturó. Cambios de usanza que la educacion en deterioro trajo, abrieron la puerta a excesos y furias, cerrándosela al respeto y al pudor. La muy tentadora "mala palabra" se abrió paso de su estado mental al oral y una catarata desenfrenada de improperios salieron de sus casillas y fueron por el destinatario de turno: el único protagonista. El jugador de fútbol. 

Nos cuenta Daniel Galoto, ex secretario de redacción de El Gráfico y decano periodista partidario, que en los '50 era todavía época que iban a la cancha de saco y sombrero. En la solapa pañuelitos blancos y cuando salía el equipo o hacía un gol, se agitaban a modo de saludo. Y si perdía los pañuelos no se agitaban, en señal de descontento. Pero había una gran condescendencia con los jugadores. Un dato curioso es que Independiente entre el 63 y 64 mantuvo un invicto de 39 partidos. Lo perdió en Atlanta ante Argentinos Jrs. La hinchada de pie, lo aplaudió sin pausa durante 30 minutos. 

En los 60, el DT Jim Lópes trajo de Brasil el hábito carioca de tirar papelitos al aire. Pero más tarde todo fue decantando en una clara decadencia. De a poco todo fue cambiando: exaltados, reos, violentos y brutones se agruparon en barra para posicionarse tras el arco. Hace algún tiempo, un tristemente célebre barra, una suerte de "crío grandote" los instó a tirar jeringas llenas de sangre, caramelos, comida para perros y bosta de caballo. Si en cánticos ofensivos, en vez de letras tan viles y procaces, usaran tonos igualmente duros pero sin vileza, el efecto sería el mismo en desaprobación a los jugadores, pero no lastimaría el ser interior de quien se pone la camiseta para representar al club.

Consultados los testimonios vivenciales sobre la historia de la repulsión, como las preferencias de su forma, comparto las variadas y curiosas predilecciones, de las más soeces a las más discretas. Ejemplos.

Para Gabriel Gándara, otrora defensor del Deportivo Armenio, silbar o murmurar la bronca era apropiado. Don Luis Sagol, ese notable médico y ex intendente del pueblo avellanedense, nos cuenta que en sus años la exigencia era notoria pero jamás desaforada. El requerimiento buscaba el juego vistoso y enérgico y da el ejemplo de Navarro y Rolan. Muy lejos de la crispación actual. El ex cuatro de Tristán Suárez Juan Carlos Astoviza prefería que murmuraran la bronca porque silbar y putear era muy perjudicial para los jugadores de muy baja autoestima. Dice: el silencio es imposible. El amigo Silvio Bartucci piensa que sólo los murmullos fuertes reflejan el malestar, llegan a los jugadores, al cuerpo técnico y a los dirigentes. Facu es fana amigo Rojo.

Para él depende mucho de la actitud. Dice que si en el partido no ponen voluntad los va a insultar. Agrega: ocho años hace que no jugamos la Copa Libertadores. No cree que se merezcan salir aplaudidos. Carlos, un amigo Rojo desde Las Heras, Mendoza opina que debe ser lo que nace y venimos expresando: el insulto con cánticos.

Julio Emilio, un veterano Rojo vecino de Florencio Varela, asegura que la puteada como reprobación le cabe sólo a los responsables, la directiva. No le gusta el insulto a los jugadores, menos a los que nacen en el Club. No al insulto, pero no tiene empacho en silbarlos. Cree que el silencio es indiferencia y es peor por aquello del refrán que la indiferencia mata. Pero jamás insultarles la madre a los jugadores. En un partido los aplauden y en el otro los matan por una mala tarde. Jorge es DT y dice: no debieran silbar nunca. El jugador quiere apoyo. Si salís a jugar y te insultan querés irte. ¿Cómo quedarte donde no te quieren? Pavoni decía: "dolía más el silencio y que se vayan antes, que el insulto." Jorge dice que en los 70 y 80 en partidos que se jugaban mal y perdían, la gente se iba en silencio y eso dolía más. Hoy la barra aplaude por el famoso "tener aguante". Mientras la platea y la Sur se lo pasa puteándolos a todos. Hasta dieron vuelta el 4-4 y silbó toda la cancha. ¿Con qué ánimo salen a jugar el próximo partido si saben que los hinchas de su club no los quieren? A Ávalos lo reputean y tiene más goles que muchos otros. Dice: hoy deben tener mucho huevo, mucho temperamento para jugar con el público en contra. Y el no cree que estos jugadores los tengan con toda la hinchada puteándolos. Mario D'Andrea otro amigo Rojo, camarógrafo que jugó fútbol muy jóven, cuenta que veia a muchisima gente hacerse mala sangre y subírle la presión. Él prefería los silbidos.

La virulencia es hoy el canal por el que toda frustración se libera. Cayeron la tolerancia y la contención. Las broncas inconcebible pelean la gravedad del improperio. Ofensa, injuria, agravio y ultraje verbal o gestual van tomando formato cantado y dicho. Y habla de una sociedad que siempre puso en el fútbol expresiones masivas de vanguardia.

En los momentos felices canciones, versos y frases nacieron en una tribuna. En tiempo de crisis tambien, dando lugar a lo peor de las conductas. Antepongamos lo legítimo del rechazo, de la condena. Pero no habilita lo injurioso, lo grosero y maleducado. Debe mediar el filtro racional y moral del respeto.

Del cruel circo romano conviene no heredar vestigio. Y aunque aquello tan escuchado de "educar al soberano" suena a quimera y no a probabilidad, no debiéramos avalarlo todo en nombre del derecho colectivo. Pero en una sociedad donde el primer agravio lo suelta un presidente, es muy difícil inducir a la masa a no hacerlo. Si bien no vamos a cambiar la realidad, desde el testimonio de los que vivimos las expresiones mesuradas de su tiempo, deseamos no se siga por ese callejón sin salida que es el agravio del que no se vuelve. Porque en ocasiones no vuelve ni el agraviado y todo se destruye.

Una pregunta debe flotar en la conciencia de la hinchada. ¿Qué jugador o DT merece ser lapidado por el insulto masivo? No es el camino que nos vuelva al mejor fútbol que hemos jugado en la historia.

Quique Larrousse

Publicar un comentario